Mirada renovada

viernes, 5 de junio de 2020

Nueva mirada renovada



La creación de este blog llevaba consigo una mirada enmarcada en la práctica de una determinada psicoterapia, que pretendía proporcionar una respuesta liberadora ante la experiencia del sufrimiento humano. Como os trasmitía en mi despedida, mi cese como terapeuta surgía de la necesidad de soltar el obstáculo que esta identidad profesional suponía en mi práctica espiritual.

Al venir a este mundo no recibimos un manual de instrucciones acerca de cuál es el sentido de la existencia. Mi práctica espiritual me ha llevado a la comprensión de que la causa profunda del sufrimiento humano es el estado de inconsciencia egóica en el que vivimos,  que dentro de cada uno de nosotros/as existe una dimensión profunda, nuestra  Esencia (Espíritu, Mente Consciente, Alma, Ser, …) y que a través de su descubrimiento y actualización podemos llegar a liberarnos tanto del sufrimiento propio, como del que causamos a nuestros semejantes.

A través de la historia de la humanidad  muchas han sido los intentos que han pretendido transformar la negatividad y proporcionar a las relaciones humanas dicha y armonía, sin procurar un cambio interior. De nada sirve intentar ser buenos o tener un buen decálogo de comportamiento. Los actos que cada persona realiza estarán en función de su estado de Conciencia y si no hay un cambio profundo de ésta,  su comportamiento será reflejo de cómo se vive y  a nivel colectivo sucede lo mismo.

No tenemos más que mirar al mundo en que vivimos,  a pesar del formidable desarrollo tecnológico que hemos llegado a alcanzar en Occidente, los indicadores de insatisfacción personal son cada día crecientes y más alarmantes, enfermedades mentales, adicciones (fármacos, alcohol, drogas…) suicidios…y no sólo la crisis personal derivada de este forma de vida, ya que además este tipo de “progreso” nos está llevando a poner en peligro la supervivencia de nuestro hábitat en el planeta.

A pesar de que desde el mundo de la ciencia se  nos está advirtiendo de que nuestra forma de desarrollo es insostenible y que por otro lado empezamos a experimentar sus amenazantes consecuencias  “el Cambio Climático”, las cuales confirman nuestra inconsciencia autodestructiva. Seguimos aferrados a nuestro modelo, con pequeños parches que pretenden maquillar la desesperanzada realidad y lo peor de todo es que servimos como modelo a los países en vías de desarrollo.  

Nos encontramos en un callejón sin salida, sólo un cambio radical nos puede salvar del desastre y esa transformación necesita de un cambio colectivo de al menos una parte considerable de la humanidad.  Un salto evolutivo en el que dejemos de vivirnos guiados por una mente inconsciente, que percibe a sus semejantes como una amenaza potencial o instrumento para sus propios fines, para dar paso al florecer de la Consciencia en la tierra. Seres humanos que se vivan despiertos, enraizados en su Realidad Profunda, desde donde su conciencia de Unidad con todo expanda ese Amor que no discrimina a nadie y que en su interacción con el medio favorezcan el desarrollo armónico de la vida. Algo que se ha dado a través de la historia de la humanidad de manera excepcional en algunos Maestros/as, seres que han despertado, se han iluminado, que han trascendido la mente conceptual, para instalarse en su Realidad Profunda.

Estos nos han recordado , que el cambio  que profundamente anhelamos ya está en nuestro interior, que dentro de cada uno de nosotros existe el mismo potencial, pero para poder desarrollarlo necesitamos disolver el ego, ese velo que no nos permite acceder a nuestro Ser Esencial y que nos tiene confinados a una insignificante cuadrícula egocéntrica dentro del infinito espacio Consciente. 

Como decía Nisargadata Maharaj:


“Sé lo que ya eres, inteligencia y Amor en acción.”


Para ello necesitamos tomar conciencia de cómo nos vivimos condicionados por unos hábitos automáticos e inconscientes. Este caminar hacia el interior de uno mismo/a precisa de un proceso de introspección para el cual la práctica de la Meditación es una herramienta idónea, ya que la mayor parte del sufrimiento que vivimos es autogenerado de manera inconsciente y el desarrollo de la atención plena nos posibilita la toma de conciencia de esos mecanismos que nos inducen a la desdicha y que con su ruido mental oscurecen nuestra Esencia Consciente. Además de este movimiento de interiorización, el resto de nuestra existencia deberá estar impregnado de una  actitud meditativa, la cual  no estará confinada a un espacio y una práctica, sino que intentará estar  presente en nuestra vida diaria y relaciones con los demás.

Otras veces la práctica de la misma  vida, por medio de pruebas  se encargará de sacudirnos de nuestro estado de inconsciencia. De pronto,  todo  se derrumba a causa de la adversidad (enfermedad, muerte, fracaso, situación límite…) y nada parece tener sentido, paradójicamente estas experiencias no deseadas  contienen  la oportunidad de la transformación. Podemos sucumbir ante la dolorosa experiencia o asumir el reto, esto implica rendirnos para aceptar  lo que no podemos cambiar y poder así transmutar el sufrimiento en conciencia.

Así que la nueva mirada renovada sigue comprometida con dar una respuesta al sufrimiento humano, pero esta vez desde la perspectiva que supone el despertar de la conciencia a lo que somos en esencia,  nuestra Realidad Profunda.



INICIO DEL BLOG
*Publicado en junio de 2012


El objeto de este Blog es el de crear un espacio destinado a clarificar aspectos relacionados con el sufrimiento humano. Cómo lo generamos y cómo podemos trascenderlo. Ese sufrimiento innecesario que fue generado principalmente en nuestro condicionamiento durante la infancia y que de manera reiterativa impregna nuestra experiencia vital.
La mirada renovada que encabeza este Blog pretende ser el nuevo horizonte, esa nueva forma de experimentar la realidad de nuestra vida, liberándonos de esas ataduras del pasado, que nos esclavizan y nos llevan a interpretar el presente con creencias, a veces inconscientes, generadas especialmente en esas primeras etapas de nuestra vida.
Otro motivo importante del dolor emocional es el que tiene que ver con la naturaleza cambiante de la vida, el causado por nuestra resistencia a asumir las pérdidas que este flujo impermanente de la existencia nos ocasiona. Será con la aceptación de la pérdida que volveremos a encontrar la paz, la cual se alinea con el flujo de la vida.
Pero para que podamos mirar con nuevos ojos necesitamos asumir la responsabilidad de esas heridas psicológicas que habitan en nuestro interior y contaminan con su dolor y visión limitada nuestra experiencia del presente. Será a través de una honesta y plena vivencia de esos asuntos inacabados que podremos sanar de sus efectos perniciosos. La integración de esas heridas no sólo nos sana de la miopía causada por el dolor del pasado, sino que nos facilita también el camino para el desarrollo del inmenso caudal que nuestro potencial detenta.

Parte significativa de este Blog tiene como objeto también clarificar cual es mi papel como psicoterapeuta, durante el mencionado proceso de transformación. Mi tarea no es la de un experto profesional que sana o da consejo, sino la de alguien que acompaña en el proceso sanador, creando un marco, un contexto emocionalmente positivo, que facilite el emerger de ese impulso natural hacia la sanación y el desarrollo pleno del potencial. 
Además, considero que puede favorecer la alianza terapéutica, que la persona o grupo a quien pudiera ayudar a hacer un proceso, tenga la información de cual va a ser el enfoque terapeútico y el contexto en el que se va a desarrollar la práctica. Para lo que he destinado dos apartados: Uno para el enfoque llamado "Hakomi" y otro para el marco terapéutico "Principios" y “Relación Terapeútica”

martes, 14 de abril de 2020


Reflexiones durante la Pandemia



Me dirigía hoy a hacer la compra y mientras pasaba por al lado de algunos jardines, me iba percatando de algo que me había pasado inadvertido. Debido al parón generalizado, el césped se había dejado crecer las melenas de hierba y en sus descuidadas pelambreras habían florecido un montón de margaritas y dientes de león.

Curiosamente estos jardines libres de la esclavitud de ese hábito de la estética humana, dejados a su libre albedrío producían flores, condenadas de antemano a no ver la luz y me preguntaba, qué será de nosotros los humanos, liberados de esas inercias que también nos someten a vidas sistematizadas por largas jornadas de trabajo.

Este tiempo de calma, de recogimiento, puede tener en sus entrañas el potencial de llevar a cabo iniciativas creativas, de cambio personal, que en circunstancias normales no se dan y que pueden embellecer también la experiencia de nuestro jardín interior.

Desde una perspectiva colectiva, dentro de poco nos darán la consigna de "volver a la normalidad" y mucho me temo que si no somos agentes activos, la inercia del sistema, con su "corta césped", vuelva a dejar la "hierba social" toda muy igualada, con una apariencia de monotonía y ausencia de flores.

Hoy en día se habla mucho de vivir las crisis, como oportunidades de cambio para transformar nuestra relación con nosotros mismos y con el entorno de manera positiva. No cabe duda que nos encontramos ante una trance colectivo de gran impacto, en la que algunos incluso se han aventurado a decir, que estamos ante el alumbramiento de un nuevo cambio de paradigma, que puede llegar a alterar de forma radical nuestro comportamiento social.

Es muy difícil hacer proyecciones desde una perspectiva social en esta coyuntura y al margen de estas, es tiempo para que no nos convirtamos en espectadores a la espera de que los cambios sucedan de manera espontánea. Es tiempo para que cada persona intente ser protagonista de esas transformaciones que necesita este planeta, para facilitar la existencia en armonía de la familia humana, en este potencial paraíso llamado tierra.

Para finalizar este escrito recurro a esta inspirada frase de Gandhi:

                         "Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo"






miércoles, 25 de marzo de 2020

La Familia Humana



Nos encontramos con una crisis de salud a nivel mundial que cuestiona la compartida sensación que tenemos, quienes hemos tenido la fortuna de nacer en “la civilización occidental”, de que a nivel colectivo esta parte del mundo es un sitio seguro.

Son conocidos virus letales como el ébola, dengue… que actúan agresivamente sobre una parte de la población mundial, a la que llamamos tercer mundo y que nos preocupan a quienes habitamos zonas privilegiadas, en la medida que se puedan extender a nuestros territorios.

El Covid-19 está resultando ser un virus con una facilidad para la propagación, que está empezando a acampar por todo el planeta. Como consecuencia de que los países ricos lo estén padeciendo y se encuentren seriamente amenazados, están surgiendo muchas iniciativas destinadas a la investigación, que faciliten la neutralización de su destructivo impacto.

El mundo en el que vivimos está guiado desde una visión limitada a la economía, una que responde a los intereses de los grandes grupos de poder del capital, cuyo principal objetivo es el máximo beneficio.

Lamentablemente esto tiene unas nefastas consecuencias para los países desfavorecidos del planeta, pues les hacen invisibles a esa inercia basada en el lucro de quienes detentan el poder económico. Salvo que posean en sus territorios riquezas, que en tal caso, intentarán ser esquilmadas por empresas multinacionales o mano de obra muy barata que les ayude a aumentar sus pretendidos beneficios.

¿Cómo van a pasar esta crisis todas esas personas que viven en partes del mundo que tienen unos precarios sistemas de salud o incluso no los tienen? Leía hace unos días que en Perú no se podían plantear respuestas de aislamiento colectivo, porque el 70% de la población vive prácticamente al día con lo que gana en el trabajo y eso supondría que no tuvieran para alimentarse.

Estamos habitando un desalmado mundo en el que nos vivimos fragmentados, identificados con pertenencias a países, razas, religiones… que nos hacen experimentar lo diferente como a un competidor, a veces incluso como un enemigo y en caso de zonas subdesarrolladas tecnológicamente del planeta, ignoradas o abusadas.

Es bochornoso que hoy en día a pesar del impresionante desarrollo tecnológico que hemos alcanzado, haya muchos seres humanos que no puedan satisfacer sus necesidades más elementales.

Recuerdo una lúcida anécdota de Gandhi, durante la colonización inglesa, cuando fue preguntado por un periodista:


-¿Qué piensa sobre la Civilización Occidental?

Gandhi repitió en alto Civilización Occidental y se quedó como escuchando el eco de estas dos palabras y contestó:

-Eso sería una gran idea


En esta situación de crisis global puede ser un buen momento para que nos replanteemos cuáles tienen que ser nuestras relaciones con el resto del mundo, con lo diferente.

Ya hace años la Revolución Francesa durante el siglo XVIII que abolió el sistema feudal, asumió como lema además de la libertad e igualdad, la fraternidad. Este curioso término de hermandad le pretendía proporcionar una dimensión relacional de gran cercanía, que le equiparase a un vínculo familiar.

En este mundo globalizado que vivimos estaría bien que ampliáramos nuestra limitada pertenencia a identidades nacionales, raciales, religiosas… a ser parte de la Gran Familia Humana, sin renunciar a la diversidad, contemplando lo diferente como un aspecto que nos enriquece, a la vez que tenemos en cuenta las necesidades de las personas más vulnerables del planeta.

Nos encontramos al comienzo de una crisis mundial, en la que además de padecerla, nos sirva como oportunidad para hacer cambios significativos, donde tenemos que procurar que los destinos del mundo no estén en manos de los intereses de unos pocos, guiados por la codicia y que la mayoría podamos convertirnos en protagonistas de la gestión de este planeta que habitamos. Que el desarrollo no se mida en términos materiales, sino que se priorice garantizar una vida digna a todo ser humano al margen de su procedencia, raza, religión, edad, género… siendo a la vez respetuosos con las necesidades de nuestro ecosistema, para garantizar una vida armónica en el planeta. En la que el progreso sea la expresión de una nueva forma solidaria de relacionarnos entre la Familia Humana.

martes, 18 de diciembre de 2018



Entrevista "Correo de Galicia"


“La muerte no tiene por qué ser una experiencia trágica”

A la sociedad occidental le cuesta un mundo hablar de la muerte, a la que intenta darle la espalda todo lo que puede, pero de la que es imposible escapar. Aún con la sombra de Halloween presente, llega la segunda edición de Muerte (Ediciones Carena), un ensayo que “puede ser un apoyo y una ayuda para superar la pérdida de un ser querido”

Aitor Barrenetxea - FOTO: Estela
Aitor Barrenetxea - FOTO: Estela

MARÍA ALMODÓVAR. SANTIAGO   | 10.12.2018 
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"Necesitamos en Occidente ­devolver a la muerte el lugar que le corresponde". ¿Por qué somos tan cobardes y nos cuesta hablar de ella?
Vivimos en una civilización en la que de manera infantil sólo queremos la parte agradable de la vida, negando y rechazando lo que no nos gusta. Esta actitud genera el problema que cuando esas experiencias que no nos gustan suceden, nos encontramos sin recursos para estar a la altura de las circunstancias.
Aitor, yo no puedo dejar de ver la muerte como una tragedia, a pesar de que nos pueda esperar 'algo mejor'.
Al margen de considerar que esta vida tiene trascendencia o no, la muerte no tiene por qué ser una experiencia trágica. De hecho hay personas que ­acaban el ciclo vital de su cuerpo ­físico, de manera serena, lúcida, ­expandiendo amor hacia sus seres queridos. Cuando estamos en paz con el hecho de que el tiempo que queda es muy escaso y los seres queridos están en sintonía, el resultado será una ­experiencia de Autenticidad y de Amor con mayúsculas. En vez de ser ­víctimas indefensas de la muerte, podemos ser protagonistas del final de la existencia del cuerpo físico.
¿Qué nos puede aportar el budismo para afrontar la muerte de otra manera?
Hay una frase que dice "Morimos como vivimos". La práctica de la meditación es una poderosa herramienta de transformación. Uno de los grandes problemas de nuestra civilización es que vivimos mirando hacia fuera, la meditación nos proporciona una mirada interior que nos ayuda a tener un mayor conocimiento de nosotros mismos. A manejar de manera más eficiente el dolor emocional que emerge ante las situaciones adversas de la vida y poder así aceptar lo que no podemos cambiar. Además, a través de la experiencia meditativa podemos tener atisbos de una identidad más profunda que en su desarrollo nos puede proporcionar la visión de que la muerte del cuerpo no es más que un tránsito a otro tipo de existencia.
En el libro cita esta frase de Einstein: "La mente es como un paracaídas. Si no se abre, no funciona". ¿Qué debemos creer, entonces?
Utilizo esa frase en el libro para indicar que nuestra aproximación a esa realidad última que somos en esencia tiene que ser a través de la experiencia. De poco sirve que lo hagamos a través de la mente conceptual por medio de pensamientos, siendo de esta manera inaprensible.
También es muy significativa esa frase: "Nos preparamos para conseguir logros, pero no nos preparamos para la muerte".
Esto es una confirmación más de la actitud que tenemos hacia la vida, solo queremos su parte amable. Pero la vida está hecha de pequeñas muertes, las cuales vividas con comprensión pueden llevar a prepararnos para la gran pérdida que es la muerte del cuerpo físico. Hay una frase sabia de un maestro estoico de la antigüedad, Epícteto, que decía: "Vive como si todo lo que tienes y valoras lo has recibido prestado y algún día lo tendrás que devolver".
Queremos huir del dolor, y es inevitable pasar por él.
El dolor emocional vivido sin comprensión de lo que este necesita para ser transformado, genera mucho sufrimiento innecesario. Hemos estudiado muchos años y es increíble que en nuestra formación no haya existido algún apartado que considerase al mundo emocional. A nivel personal la introspección que me ha aportado la meditación me ha servido para poder observar las dinámicas del sufrimiento interior y al hacerlas conscientes, poder así transformarlas. En general, se tiende a la evitación, por eso es tan extendido hoy en día el abuso de sustancias y actividades que tienden a comportamientos adictivos, para poder anestesiar lo que duele.
En muchas ocasiones no aprovechamos el presente y nos centramos en el pasado o el futuro...
La vida es lo que sucede siempre en el presente, mientras frecuentemente nos encontramos disociados y proyectados en el pasado y el futuro. Vivimos asiduamente experiencias paralelas a la realidad, por eso en el budismo se habla del despertar de ese estado de ensoñación en el que en general nos encontramos y esto se logra a través del desarrollo de una mente actualizada en el aquí y ahora.
Creo es esta frase no puede ser más real: "La muerte de alguien a quien quieres es como una bomba que explota, cuanto más cerca estás, más daño te causa".
Lo que perdemos es el vínculo que teníamos, por lo tanto a mayor conexión, más profundo será el dolor por la ausencia de ese ser querido.
Siempre oímos decir que el tiempo lo cura todo. ¿Es eso ­cierto o simplemente la emoción se duerme?
Vivimos en la ignorancia fruto de una cultura de negación y evitación del dolor emocional. La sanación de la herida por la pérdida de un ser querido requerirá de que de manera activa y resolutiva vivamos el dolor emocional, diciendo adiós a lo que ya nunca más podrá ser vivido.
Creo que es una verdad como un templo lo siguiente: "Una gran parte del sufrimiento es ­autoinfligido y lo avivamos cuando nos dejamos llevar por el pensamiento automático, asociado al dolor emocional".
A veces ante la intensidad de nuestro sufrimiento queremos poner distancia del dolor emocional sin conseguirlo. La meditación me ha ayudado a tomar menos en serio a esa voz que rige mi cabeza y en momentos de aflicción a no identificarme con el pensamiento inconsciente, procurando estar solo en la sensación física de la emoción, ya que en caso contrario retroalimentamos el sufrimiento.
Para finalizar la entrevista, ¿te gustaría añadir algo más?
Estamos tocando temas de gran profundidad como el ­sufrimiento, la muerte, la trascendencia...
Me imagino que ante lo limitado que es esta entrevista y la gran magnitud de lo tratado, muchas de las preguntas que han podido surgir con la lectura de esta entrevista es probable que encuentren su contestación durante la lectura del libro.

Escritor
"Vivimos en una civilización en la que de manera infantil sólo queremos la parte agradable de la vida, negando y rechazando lo que no nos gusta"
 

lunes, 22 de octubre de 2018

Prólogo Libro "MUERTE"



El libro, "MUERTE: Contemplando la Dimensión Trascendente" en su rodar hacia la segunda edición, se ha encontrado con un compañero especial, Javier Melloni, Teólogo, Jesuita, Antropólogo, quien introduce a la lectura del libro con un prólogo, prueba de su gran interés por la mística comparada y el diálogo interreligioso.




PRÓLOGO

Tememos lo que más necesitamos: nuestra propia muerte. La necesitamos porque sino no podríamos ir más allá de nosotros mismos, no podríamos trascendernos. Estaríamos en la repeti­ción de lo mismo. Uno de los mayores errores de nuestra cultu­ra es confundir la eternidad con la perdurabilidad. La eternidad que anhelamos es una cualidad del instante, no un alargamiento del tiempo. Vivimos solo en cada momento. Las anticipaciones y los recuerdos se viven en el momento presente, aunque nos pa­rezca que podemos anticipar el futuro o retener el pasado.

Aprender a morir es aprender a vivir, porque la vida está hecha de muertes continuas. Vivir es el arte de prender y des­prenderse: acoger apasionada y agradecidamente lo que nos es dado y, al mismo tiempo, ser capaces de soltarlo. Por ello la muerte es la gran maestra de la vida: porque nos lo pide todo para que nos desprendamos del todo y, liberados, podamos acoger lo que abre ante nosotros. Porque la muerte no es un final sino un umbral. Pero para percibirlo así hay que cambiar nuestra mirada sobre muchas cosas. Y conviene cambiarla mu­cho antes de que llegue ese momento para que, en lugar de temerlo, podamos acogerlo y llegar a celebrarlo: poder mirar atrás y agradecer la vida vivida para disponerse a un nuevo modo de existencia, cuyo secreto cubre la muerte con su velo.

A todo esto es a lo que nos invita Aitor Barrenetxea en este libro, fruto de más de veintiocho años consagrados a acompañar el final de la vida como psicoterapeuta. Pero no nos habla solo como terapeuta, sino como ser humano y como hermano que tiene suficiente recorrido en la vida como para haberse convertido en un maestro de la vida.

El libro combina reflexiones personales, experiencias con­cretas y citas de sabios y sabias de todas las tradiciones. Las páginas se abren ante dos escenas muy distintas: su acompa­ñamiento a los enfermos de sida en San Francisco y sus paseos por el bosque. En los dos casos observa que hay vida y muerte, pero nos hace caer en la cuenta de qué diferente es cómo lo vivimos los humanos y los árboles. En los árboles se da una se­rena sucesión de procesos donde no hay resistencias, donde el paso de las estaciones y de los años se produce sin tragedia. Esa presencia arbórea aparece varias veces, entre ellas a través del bello poema de Antonio Machado dedicado a un olmo viejo. En cambio, el ser humano, con sus miedos, apegos y resisten­cias, hace que la transformación constante de la vida en muerte y de la muerte en vida sea mucho más difícil y traumática.

El enfoque del libro está marcado por una comprensión bu­dista de la existencia. El budismo nos permite otra aproxima­ción a nosotros mismos. Percibe el cuerpo como un vehículo y no como algo substancial o constitutivo de la persona; la mis­ma persona tampoco es substancial sino que es un conjunto de identificaciones perecederas. No somos lo que pensamos ser. Estamos en el cuerpo pero no somos el cuerpo; por otro lado, mientras vivimos en el cuerpo, no podemos acercarnos a la rea­lidad última sino a través del vehículo en el que estamos. Esta desidentificación no lleva a la indiferencia y a la escisión, sino a la sabiduría y la compasión. Sabiduría porque permite percibir los procesos mentales y emocionales en los que vivimos sumer­gidos dándonos libertad respecto de ellos, y compasión porque permite comprender a los demás sin juzgarlos.

Con todo, las enseñanzas del libro no se reducen a esta pers­pectiva, sino que aparecen otras referencias, como es el bellocomentario a la oración de san Francisco de Asís: «Señor, haz­me instrumento de tu paz». Otro de los mensajes, apoyado en el testimonio de Victor Frankl en los campos de concentración, es que si bien no somos libres respecto a lo que nos toca vivir, sí lo somos en el modo en cómo queremos vivirlo. Esta elección no depende más que de nosotros. Se trata de dar el paso de la resignación a la aceptación y de la aceptación a la entrega.

Para ello es fundamental la comprensión. Destaco dos fra­ses de una entrevista que le hizo La Vanguardia, en junio del 2018: «Una pérdida no la cura el tiempo sino la comprensión» y «Si vivimos sin comprensión no transformamos el dolor». Para ello es imprescindible la palabra. En nuestra sociedad, la cercanía de la muerte provoca aislamiento, mutismo y elusión. Acompañar permite liberar la palabra que sana a través del compartir y poder expresar el miedo, la rabia y el dolor a la pérdida, propia o ajena.

Es un acierto del autor haber dedicado un capítulo comple­to a un solo relato. Se trata del proceso de una mujer, Lucía, a la que se le puede seguir paso a paso en su transformación in­terior. La clave es «saber quitarse de en medio». Extraordinario relato, verán.

También se aborda el duelo, y el más difícil de todos, que es el duelo por el suicidio de algún ser querido.

Todo ello aparece en Muerte con una gran calidez y modes­tia, sin dar lecciones a nadie, solo proponiendo un camino y unas actitudes, tanto para que podamos acompañar a otros como para prepararnos nosotros mismos para cuando parta­mos.

Hoy es necesario más que nunca acompañantes del segundo nacimiento. Por ello este libro es tan necesario.

Javier Melloni


miércoles, 8 de agosto de 2018


Aitor Barrenetxea: “Una pérdida no la cura el tiempo sino la comprensión”
El psicoterapeuta, Aitor Barrenetxea, autor del libro 'Muerte, contemplando la dimensión trascendente' (Ediciones Carena)

El psicoterapeuta, Aitor Barrenetxea, autor del libro 'Muerte, contemplando la dimensión trascendente' (Ediciones Carena)

08/06/2018 00:05Actualizado a08/06/2018 15:24
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“Javier está ingresado, muy grave, está muy lúcido, contento, tranquilo, sin dolor. Despidiéndose. Quería darte las gracias, has ayudado mucho a este final feliz”. El mensaje recibido por AitorBarrenetxea (Bilbao, 1953) ilustra el resultado de más de 18 años de trabajo en torno al final de la vida: podemos morir bien. Psicoterapeuta, publica el libro Muerte, contemplando la dimensión trascendente (Ediciones Carena), un análisis que la sobrepasa y se adentra en temas como el dolor, el envejecimiento o el apego.
¿Es la muerte un tabú?
Vivimos en una sociedad bastante superficial que sólo quiere lo bueno de la existencia. Pero ésta tiene una parte de dolor. Pensamos que si no lo miramos nos escapamos de él. El resultado es que cuando luego nos tocan esas experiencias no tenemos recursos, no hemos desarrollado músculo de trabajo con la adversidad para transformarla. Por eso aparecen muchos de los comportamientos adictivos.
En general, ¿cómo nos enfrentamos a la muerte?
Con resignación. Cuando se recibe un diagnóstico terminal, por ejemplo, muchos se retiran, se aíslan del mundo. Se vive con amargura y con sensación de derrota.
¿Cuál debe ser la preparación?
La vida nos da muchas dosis de adversidad. El problema es que si nos escapamos cada vez que tenemos un dolor emocional sin resolverlo, cuando llegue la muerte, la gran pérdida, nos vamos a enfrentar a ella con los recursos que hemos ido desarrollando. Si el mío ha sido la evitación, así voy a actuar ante ella.
La paz está en la vivencia emocional y la aceptación de lo que no se puede cambiar”
Hay mucha diferencia entre los que hacen de su casa un lugar abierto de despedida y aquellos que se atrincheran.
Sí. Uno de los objetivos del libro es decir: podemos morir bien. He visto muertes donde el hogar se transforma en sitio de bienvenida. No hay que esconder nada, hay que aprovechar el tiempo que nos queda. Es un sitio de cuidados, de amor y de vida, no de muerte. Se habla de lo que hay, de lo que queda, la comunicación es profunda. Ya no caben las tonterías ni el personaje que llevamos a cuestas.
Paradójicamente, se refuerza la vida.
Cuando el final se vive con consciencia es un acicate para la vida. Hay parejas que dicen que nunca han sentido tanto amor como en una situación de decrepitud o de gran limitación de una de las partes.
¿Para morir bien hay que vivir emocionalmente bien?
Claro. Tenemos que asumir que el dolor es parte de la existencia. Cuando maquillamos la vida no nos preparamos para situaciones complicadas, para cualquier tipo de muerte: la separación de la pareja, que te despidan del trabajo, la pérdida de un ser querido, una enfermedad grave… De nosotros depende si hay aceptación o no. Tenemos que aprender a fluir con la vida.
Hay muchas pruebas.
Que además no se pueden cambiar y en las que ni siquiera podemos incidir en el resultado. La vivencia emocional y la aceptación de lo que no podemos cambiar es donde se encuentra la paz.
¿El sufrimiento también se descarta socialmente?
Haría una distinción entre dolor y sufrimiento. La vida nos va a dar dolor emocional, pero el sufrimiento es lo que nosotros añadimos a la experiencia de dolor. Si yo rechazo lo que me toca, voy a amplificarlo. De nuevo, la aceptación es clave.
También en la pérdida de un ser querido.
Es un proceso, necesitamos un periodo en el que tenemos que vivir esas emociones. Al principio no podemos decir adiós de verdad esa persona, no podemos aceptar que se haya ido pero sí ese dolor emocional, el miedo, la tristeza profunda, de enfado e incluso de culpa. Llegará un momento en el que podremos discernir que estamos apegados a algo que ya no está y despedirnos de lo que no va a poder ser: la interacción, su voz, el contacto.
¿Es cierto que el tiempo cura?
Se habla mucho del tiempo y es cierto que es importante, pero sobre todo necesitamos comprensión. Sin ella no elaboramos. En mi experiencia me he encontrado con gente que al hablar de una persona fallecida era como abrir una compuerta al dolor guardado. A pesar de los años no habían resuelto nada, no habían transformado los recuerdos tristes y dolorosos en positivos y felices por haber podido disfrutar del tiempo con esa persona.
Cuando la muerte se vive con consciencia es un acicate para la vida”
Nos quedamos apegados.
Sí, hasta a los propios objetos, que utilizamos como un sucedáneo. Hace poco tuve una mujer que conservaba los rulos de su madre porque conservaban el olor y sólo le provocaban dolor. Si vivimos sin comprensión, no transformamos el dolor.
Dice que tendemos a vivir el dolor a través del pensamiento.
Con el componente mental lo podemos retroalimentar. Vivimos en un mundo muy mental en el que lo racional está muy por encima de lo emocional. Muchas veces el problema es que intentamos resolver problemas emocionales desde el pensamiento racional. Es mejor canalizarlo a través de la sensación física, como la bola en el estómago o la presión en el pecho.
¿Cambia la muerte siendo creyente o no?
Más importante que la creencia es la experiencia del contacto con mi realidad profunda, mi yo interior, a través de la introspección, ya sea dios o como quiera llamarse. Conectar con algo que está más allá del cuerpo físico.
¿Hay desdén hacia el envejecer?
No hay duda, una de las vacas sagradas de nuestra civilización es la juventud eterna. Hay una industria montada en torno a ello, a tapar el paso del tiempo. Curiosamente la juventud es la primera parte del ciclo vital, una fase expansiva de crecimiento, pero de ahí pasamos a otra de retorno en la que comienza a haber pérdidas progresivas: tu repercusión profesional, social y familiar.
Cuesta adaptarse a ello.
Vivimos en un mundo en el que nos hemos creído que la felicidad llega a través de la consecución de logros y, como no tenemos recursos para enfrentarnos a ese momento, nos encontramos muy desorientados. Es una etapa por tanto que no nos gusta. De nuevo, el apego. Hay una frase de Epicteto muy clara: Vive como si todo lo que tienes y valoras lo has recibido prestado y algún día lo tendrás que devolver
Subraya el envejecimiento consciente.
Es un momento de oro para que hagamos esa introspección, dejar de hacer y centrarnos en el ser.
Si vivimos sin comprensión no transformamos el dolor”